Mi ciudad de Mérida, mi barrio de Santiago, la casa que me vio nacer en la calle 78: esta flor de pétalos perfectos ha sido, es y seguirá siendo hasta la llegada de mi hora suprema el lugar de mi corazón en el mundo, el paraíso insustituible que de forma permanente me bienaventura en los brazos de la nostalgia. Y después, claro, la nostalgia va y se mete -despacita a veces; a veces plena de fervor y entusiasmo- en todo cuanto escribo: los cuentos, los poemas, los ensayos, los artículos periodísticos en los que declaro mis confidencias de Mérida, mis amores por Mérida, mis modos de mirarla, de sentirla, de poseerla, de permanecer en sus adentros aunque adúltero involuntario viva yo aquerenciado en otra ciudad, me acueste en otras ciudades, me rebose de admiración por otras ciudades. Adonde voy ella y sus aternuramientos y cariñosidades van conmigo, y hago que se me note, en ocasiones mediante el orgullo elemental pero insobornable y categórico de lucir una guayabera. Porque me gusta presumir mi ciudad al estilo de un enamorado fiero, me gusta sentirme afortunado de pertenecerle y, tal vez, de merecerla. Tal vez hasta de creer, no sin vanidad, no sin una secreta caricia de amor propio, que ella comparte mi nostalgia. Esto es, que así como yo siento nostalgia por Mérida, Mérida de cierta manera, a su manera, siente nostalgia por mí en alguna de sus arboledas, en un rinconcito de sus merenderos, en sus neverías, en sus atardeceres en la Plaza Grande, en sus jaranas domingueras, en sus portales, en su caprichoso trenecito del Centenario, en el recibimiento amiguero y fresco de cualquiera de las casas donde me detengo a preguntar por mis recuerdos; recuerdos cuya voz misteriosa y múltiple me dicta al oído, por ejemplo:

Que estudié en la Eligio Ancona; me bañé desnudo en la pileta del patio con mi prima la Cuca, a la que ya de grande, cuando se casó, el marido le salió cornudo; trepé muchas veces a la cima de la veleta para contemplar el horizonte a la hora del crepúsculo; dormí en hamaca bajo las estrellas; me enamoré primordialmente de mi tía Zazil; besé más de una vez muy cerquita de los labios a la maestra Chofi; aprendí a fabricar tablillas de chocolate; admiré el carácter alegre y la reciedumbre varonil de mi tío Fausto -cuando yo fuera mayor iba a ser como él-; contemplé la antigüedad de las iguanas sobre la albarrada; escuché decir que don Félix, el vecino de la casa de junto, vivía en pecado mortal con su hermana Evarista, una mujer melindrosa que siempre andaba muy talqueada y era idéntica a una perrita que tenía; fui a meterme al mar; fui a Valladolid, la tierra de la nana Elisa; fui a las pirámides, a los cenotes, a las vaquerías; fui a comprar el pan dulce de la merienda, y en una de las tantas veces que me mandaron a comprarlo, conocí a don Virgilio Marón, el tío Virgilio, como le decían -como le decíamos, corrige mi memoria-, un hombre sabio y sereno que al atardecer acostumbraba juntar un puñadito de infancia a su alrededor para narrarnos racimos de cuentos que se quedaban rondando en el carrusel del sueño y que años más tarde, cuando aprendí a leer por mi cuenta, advertí que eran las versiones que él hacía de las enormes tragedias griegas y de las no menos enormes leyendas mayas. En este inventario de recuerdos habita la honda raíz de mi fortuna literaria.
Llevo 39 años escribiendo, y creo que desde un principio, desde mis primeras páginas, desde que cogí la pluma fuente por primera vez para tratar de exponer mis ideas y mis sentimientos valiéndome de la escritura, supe que el ejercicio creativo es ante todo un acto gozoso, una manifestación amorosa independientemente de que los temas y los asuntos que uno trate no lo sean, ya que a veces la realidad inmediata, la realidad común y corriente, nos exige desnudarnos de enmascaramientos y quitarnos de contemplaciones para expresarla como es debido. Inventar la realidad, que en eso consiste el trabajo del escritor, quiere decir hacerse cargo, apropiarse del riesgo y la responsabilidad de volver visible lo invisible de la maravillosa y compleja condición humana, las situaciones numerosas que vivimos, aquellos pensamientos y actitudes a los que, ora por soberbia, ora por miedo o ineptitud, despojamos de importancia, lo que equivale a apuñalarnos por la espalda a nosotros mismos. Supe también que la literatura, quizá porque mi amor incanjeable por ella así me lo hizo ver, es una de las aproximaciones más prósperas y duraderas a la felicidad.
Y esto es, desde hace 39 años, un asunto de todos los días, lo mismo los días difíciles, tristes, enfermos, que los días alegres, solidarios y luminosos. Todos tienen en su cara sucia o en sus bocas limpias un motivo impagable, una razón minúscula o trascendente para agradecerles el estar vivo, el poder vincularme en cuerpo y sangre con la literatura. Y es que escribir es semejante a respirar, apenas si aguanto cuando no escribo. Pero ocurre que, en no pocas ocasiones, la necesidad lo vuelca a uno en el sumidero vertiginoso de los acontecimientos simples y cotidianos que plantean lo ineludible: hay que pagar el alquiler, el gas, las terapias de la niña. Y esta situación puede prolongarse tanto, de hecho hay tramos de la existencia que parecen eternos a causa del castigo que representa el dejar de lado la pluma y el papel y andar con la cabeza ocupada en otro sitio. A

manera de consuelo, respiro con avidez el aire de la esperanza, y la desdicha de la página pendiente pasa pronto y el mundo, a pesar de todas sus cargas, vuelve a ser territorio amigable. Y yo vuelvo a buscarme entre los pliegues de la imaginación, que no se deja intimidar por nada ni prescinde de nada, y me pongo a escribir, a sonsacarle historias a lo que me golpea los ojos y escuece mis entrañas, a inventar la realidad, imaginarla y escribirla a partir de los materiales inauditos, evidentes o insospechados, que me proporciona a manos llenas, incesante, inexorable, el planeta en que vivimos. Entonces, la realidad inventada es la realidad de cualquier día y es, al mismo tiempo, la que va más allá de la simple información que proporcionan los periódicos, las revistas y la televisión; es la que describe y define, recoge y hace suya la fantasía que anida en el fondo de los más apreciados anhelos y secretos del alma. Así como la libertad no tiene sentido en la ignorancia, la vida no tiene ningún futuro sin la imaginación; sin el juego magnífico, vibrante y combativo de la imaginación que explora caminos, conspira experimentos, agrupa cuerpos celestes, comienza civilizaciones, edifica ciudades, funda países, conquista patrias y reinos. La vigilia creativa. El sueño de visión dirigida al horizonte. Lo que soñamos a solas, y aquello que imaginamos en la intimidad, las fantasías comunes. El ideal, el deseo. El sueño cuya meta es mirar hacia atrás para seguir adelante, el sueño que avanza hacia el ayer para arribar al mañana.
Y es que el único mapa que abarca completa la geografía del ser humano es la literatura, ahí se encuentran todas las historias, todos los mundos posibles, y todos los personajes que los pueblan con sus tercos dilemas individuales y colectivos, sus miserias, sus milagros, sus atrocidades, sus alegrías. Si lo vemos como es debido, en el sabucán inagotable de la literatura caben los asuntos que uno quiera: el poder, el dinero, la aventura, la tierra prometida; caben el astuto mar y todos sus enigmas, los molinos de viento vencidos, las formas sutiles de enamorar sin peligro a la Medusa y el ingenio para poseer carnalmente a una sirena; caben la paz, la justicia, la igualdad entre los hombres, la admiración irrenunciable ante un monumento arqueológico y el pasmo frente a la dentellada feroz de la miseria, lo sublime y lo delirante, lo perverso y lo romántico, lo brioso, lo místico, lo sexual, lo nítido, lo apoteósico.
Alguien, ahora no recuerdo quién, dijo que la historia es un suceso que jamás ocurrió escrito por alguien que jamás estuvo ahí. Y otro alguien, que ahora tampoco recuerdo, dijo que si uno quiere conocer más o menos cómo eran, cómo pensaban, cómo sentían, cómo se increpaban, cómo se divertían, cómo padecían o amaban las personas de tal tiempo y en tal sitio, lo más recomendable es remitirse a las obras literarias de esa etapa y de ese lugar, ya que la literatura es memoria y esperanza, y sus protagonistas no son fría materia de estudio sino seres vivos al alcance de las fibras más alertas de la conciencia, a la mano de las partes más sensibles del alma y del corazón, o lo que es lo mismo, la materia prima que da de comer a la literatura, su alimento primordial es la vida, el asombro infinito e irrenunciable que es la vida, la médula y la carne, las venas y los nervios, el rostro y el cerebro, y los sueños, que nos mantienen a salvo del olvido.

Nunca renuncies a tus sueños, me dijo alguna vez mi nana Elisa. Y quizá por eso invento la realidad, y mientras más grande es mi invención, más me sumerjo en la vida, que es su noticia última y su único nutriente. La literatura y la vida, reflejo deslumbrante una de la otra, y las dos, un sueño que echa a andar y es empujado por un viento que nadie sabe de dónde sopla.
En mi actividad de escritor literario, que durante tantos años he desarrollado meticulosamente, con orgullo y contento, he tenido la oportunidad de comprobar, en el día a día, que al escribir no ejerzo un oficio o una profesión, sino que obedezco a un destino, y este destino me ata a la vida, me impulsa y me renueva por medio de sus instrumentos primordiales: las palabras. Vivo las palabras, exprimo sus frutos, palpo sus esencias: en ese placer sin límites consiste mi voluntad de escritor. Como sé que a las palabras se las lleva el viento, mejor las escribo, me comprometo con ellas y con su significado, las planto en mi huerto interior y así las promesas no se traducen en engaño, la esperanza no se convierte en desilusión, el optimismo no se transforma en dolor y arrepentimiento. Amo la canción profunda de las palabras, y sus silencios, y a esto debo, en buena medida, mi felicidad. Amor a las palabras, amor a la vida, amor a la verdad.
Escribo, pues, porque la literatura es lo único que sé hacer, lo único que quiero hacer, y porque en los libros, en leerlos, poseerlos en la más estricta definición del término, encuentro los fines de mi pasión por la vida, de mi fe en el ser humano. Y una de mis aspiraciones más consistentes es la de poder trasmitir esta pasión, esta fe.
Alguna vez, hace muchos años ya, fui a una librería y, como me sucede casi siempre, compré más volúmenes de los que mi presupuesto permitía, debido quizás a que la carencia de libros a mi alcance me produce inevitablemente una sensación de inutilidad y vacío insufribles. Al momento de cargar con las dos bolsas llenas hasta el tope, comenté queriéndome hacer el gracioso: Uf, cómo pesa el conocimiento, y el dependiente, mirándome casi con lástima, dijo: Pero pesa más la ignorancia. Nunca he olvidado esta inmensa lección. Sí, qué peso enorme. Sin duda, el mundo es mejor y muchísimo más completo cuando se destierran de él la humillación y la vergüenza terrible que donde quiera y donde sea causa la piedra de la ignorancia, que suele ser el peor estigma, el desamparo más innoble de una sociedad.
La literatura es una historia que permite todas las historias, que consiente en su seno todas las formas de la creación y las legitima y les otorga sentido. Por eso la gozamos igual si la leemos que si la escribimos. Por eso es tan importante que haya tanto escritores como lectores. Y estos últimos, para nuestra desgracia, cada vez son menos. En efecto, sumido en la extenuación y el infortunio, se encuentra el pariente más menesteroso en el diálogo literario: el lector. Suele afirmarse que no hay sueño que aguante cien años, pero yo creo que deshonrosamente, que dañosamente todavía existe un muy largo sueño incumplido que por incumplido afrenta nuestra integridad humana y ultraja nuestra condición histórica: el grande sueño de que la palabra leída y escrita sea posesión y patrimonio de todos. Porque en fin de cuentas no podemos hablar de literatura -tampoco de cultura ni de identidad auténticas- sin remitirnos a la educación, que es una de las más eficaces maneras de contrarrestar las acciones de los enemigos de la humanidad; la educación, que es un derecho imprescindible y es la gesta fundamental que permite a los hombres, a todos los hombres, privilegiar los órdenes del pensamiento, fortalecer la llama de la conciencia, conocer y modificar la realidad, madurar su capacidad de determinación y elección, ser libres.

Abogo, pues, por una cosa muy simple y profundamente humana: porque todo el mundo sepa leer y escribir, y que todas las personas hagan de estos conocimientos una costumbre indeclinable, una necesidad vital. Poseen el absoluto derecho humano de tener acceso a ellos y luego, por sí mismas, decidir si los frecuentan o se quedan como estaban. La cuestión es que los tengan como una opción fidedigna, que estén en condiciones inatacables de confrontarlos con su propia inteligencia, con su propia sensibilidad y su propia imaginación. Lo que elijan hacer con estos conocimientos habrá de ser cosa suya, es cosa del albedrío de cada quien.
Por lo que a mí respecta, según me voy haciendo mayor, más se amplía en mí la dimensión espiritual de la escritura creativa, más me gusta y disfruto la brevedad del cuento literario, pues mi naturaleza es contigua a la literatura compacta, intensa e insondable, que ambiciona tocar la esencia de la verdad y que late en lo más alto de los corazones. Este solo hecho es ya, para mí, una muy buena razón para colmarme de amorosa alegría y ser feliz. Amo a la vida en general y, en lo particular, amo a mi vida de escritor, a la que he dedicado la mejor parte del tiempo de mis años. En un pasado cada vez más ancho y un futuro cada día más reducido, quiero consagrar lo mejor de lo que me queda por vivir a ser feliz, esto es, a ser útil a mis semejantes desde el amor, desde la fe, desde el espíritu de la justicia y de la libertad.
*Discurso pronunciado en el marco de la entrega de la medalla “Héctor Victoria Aguilar” al escritor Agustín Monsreal por el Congreso del Estado en enero del 2009.